sábado, 27 de diciembre de 2014

Relato corto de un susto II

PARTE I aquí: http://inmakau.blogspot.com.es/2014/12/hay-una-niebla-abrumadora-y-la-calle.html

Miré a mi alrededor pero no había nadie. Sentía latir mi corazón en las sienes y la garganta. Todavía quedaba camino para llegar al bar.
- ¡Oye!
Era ese hombre, me estaba llamando. Entonces paré. Me metí las manos en los bolsillos del pantalón buscando el mechero y lo agarré por si acaso. Le quemaría las pestañas si se acercaba. Lo miré.
- ¿Qué?
No era un hombre, era un chaval. Era el chaval del monólogo.
- Tranquila, mujer, ¿quién te creías que era?
- Todavía no estoy segura de quién eres.
- Pues soy el caballero que te trae el abrigo que te has olvidado allí.
Alargó el brazo y vi mi abrigo gris. Recordé el frío que tenía y me lo puse rápido.
- Gracias, precisamente iba a buscarlo. - Le dije con una sonrisa forzada.
- Te lo iba a atraer Ana, pero le he pedido el favor de que me dejara traértelo yo mismo.
No me gustaba el rumbo que estaba tomando esa conversación.
- Pues muchas gracias, caballero. Me tengo que ir. Genial el monólogo, eh. - Le dije alejándome unos pasos.
- ¿Puedo acompañarte al autobús?
"¿Por qué no se va? ¿Por qué no me deja sola con mi ansiedad y mis problemas?"
- Vengo en coche y no necesito que me acompañe nadie, gracias.
"Qué borde de mierda soy", pienso para mí.
- ¿Y si viene un asesino con sed de sangre?
No lo pude evitar y me reí. Le dije adiós tres veces y a la tercera se fue.
En el trayecto de camino a casa pensé en cómo la imaginación es mi peor enemiga y en cuánto daño me hace... Si pudiera usarla solo para soñar cosas bonitas... Y no para torturarme vilmente con escenas crueles.
Pensé en ese chaval. En qué podría haberlo movido a traerme el abrigo.
Y aquí sigo en el coche, dándole vueltas mientras fumo, escucho Fito y Fitipaldis en la radio y escribo con un lápiz de Ikea por detrás del guión de una obra de teatro.
No quiero volver a casa. Aún no.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Relato corto de un susto.

Hay una niebla abrumadora y la calle solo se ilumina con una farola.
Hace frío.
Es tarde, pero no quiero entrar en mi casa. No quiero volver allí. Me quedo fumando en el coche escuchando la radio... No sé a dónde ir. Pero a casa no.
¿Sabéis lo que es la pesadumbre? ¿Lo habéis sentido alguna vez? Yo lo leí en un libro.


"La pesadumbre es la pasión más inútil e insensata por cuanto sólo mira al pasado, que es irrevocable y sin remedio y no se le ocurre encarar el porvenir para buscar una salvación, sino que prefiere agregarse a la pena antes que buscar el remedio".

Lo leí a los diez años en la novela más famosa de Daniel Defoe. No os digo en qué capítulo para que la leáis.
Esta noche estaba apesadumbrada.
Había ido a un antro oscuro lleno de gente desconocida que me sonreía. La mayoría eran actores. Desconfiaba de ellos cuando me hablaban, aún no distingo bien cuándo actúan y cuando son sinceros. Practican a menudo la interpretación en su vida real...
Un chaval hablaba sobre un escenario. No lo escuchaba bien pero pude entender que las mujeres tenían sexo siempre que querían. Me hizo gracia y automáticamente desvié mi atención.
Estaban hablando de la próxima actuación cuando de repente sentí el pellizco en el estómago. Ya no estaba bien allí.
Presión en la nuca. Sudor frío. La sensación de temblar por dentro y querer salir de mi cuerpo.
Había vuelto sin avisar...
Ansiedad.
Me levanté muy rápido. Ya no estaba bien allí.
Sabía que me estaban mirando, no quiero que me vean así.
Me despedí con prisas, ellos querían retenerme y no me fui. Huí.
Salí a la calle y el frío me dio en la cara. A la mitad del camino me di cuenta de que había olvidado el abrigo con las prisas.
"¿Llamo o vuelvo?", me pregunté. Y decidí volver.
No había andado mucho cuando en la niebla se perfiló una figura.
Me asusté. La sociedad ha educado a las mujeres para temer caminar solas de noche por cualquier sitio, no era mi culpa. Aceleré el paso con la barbilla dentro del jersey mirando mis pies.
- ¡Perdona!
"¡Mierda! Mi plan infalible para hacerme invisible ha fallado!".
Seguí caminando tan rápido como mis pies congelados dentro de los tacones me lo permitían.


CONTINUARÁ, CABRONES... :P

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Joaquín Rodríguez Granero.

Apura el sueño hasta el último segundo para asegurarse de que podrá dormir al menos cinco horas seguidas.
Se desprende de la bata que ella le regaló, la que nunca se ponía y se mete en la cama. La habitación está fría, los cristales se han teñido de blanco por la condensación del agua... Si me pusiera romántica podría decir que los cristales estaban empañados de haber hecho el amor tantas veces con ella en esa habitación, pero no... Era por el frío. Ella ya no está. Es el silencio quien se mete en la cama con él.
La cama es grande y las sábanas están heladas, pero a él no le importa nada.
Echa un último vistazo al reloj de la mesilla. El reloj, el único que consigue doblegarlo, al único al que verdaderamente se somete. Su tic tac resonará en su cabeza hasta que pierda la conciencia.
Tumbado bocarriba, lanza un suspiro con el reverso de la mano en la frente. Esa frente que contrasta con el frío de la habitación.
Cierra los ojos y la noche llega a su ser. Se queda solo en un mar de hielo... Leva el ancla y se deja mecer tiritando en su barco sin bandera. En el mar de hielo encuentra cadáveres de dudas, desconcierto y preguntas hasta que por fin, duerme.
Él no lo sabe, pero lo escucho besar la almohada cuando es tarde y, a veces, la llama.
Anoche me desperté y vi luz en su habitación.
"¿Papá?". No hubo respuesta. Fui allí para ver si estaba bien y lo estaba: Abrazado a la almohada y tapado hasta la cabeza. Había dejado la luz encendida. Intenté no hacer ruido para apagarla sin que se diera cuenta, pero tengo las manos de trapo... Gritó asustado, con los pulmones llenos de pánico cuando me vio a oscuras. "Papá, te habías dejado la luz encendida". "Déjala, déjala encendida".
Le hice caso y volví a la cama.
Parece que Joaquín Rodríguez teme algo.
Oculta el miedo debajo del delantal de camarero pero es humano. Se equivoca y tiene miedo. Y por fin lo puedo ver.
Quizás Joaquín Rodríguez no teme a la oscuridad en realidad... Quizás teme a la oscuridad de sus sueños. Quizás deja la luz encendida para que, al despertar, pueda ver que los sueños han terminado. Si estuviera apagada, podría confundir sus sueños con la realidad y de este modo, viviría sus sueños.
Pero eso jamás ocurrirá mientras tenga los zapatos llenos de piedras y arena. Pesan tanto que ya no sabe volar, ya no puede abstraerse de la realidad... Por las mañanas vuelve a echar el ancla y a ser el capitán de su barco detenido en el tiempo sobre aguas aparentemente tranquilas. Las aguas que desean que sople el viento para enfurecer y desbloquear toda la rabia que yace en el fondo.

Joaquín Rodríguez Granero es mi padre y ahora sé que él también tiene miedo al frío.
A la ausencia.
A dormir solo.
A vivir solo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Mis noches.

Fuerza de voluntad.
Noches luminosas para vivir, para soñar, para pensar en el día. El día insulso y nihilista.
Noches para mí, para mi soledad, para reír, para bailar, para gritar sin voz frente al espejo.
Para fumar, para escucharme, para verme, para sentirme sola y confiada.
Para luchar, enfrentarme al vacío e incluso sentir placer forzándome a recordar y a inventar conversaciones que nunca tendrán lugar.
Para provocar al dolor y esperar a que llame a mi cabeza, escucharlo detrás de la puerta.
Noches para atrincherarme en los cojines de la cama y deshacer las pelusas que en ellos habitan, soplarlas y verlas volar. Volar... ¿Quién quiere ir al cielo? Allí solo hay nubes.
Yo quiero estar en la tierra y ver las flores regadas por el agua sin sal que cae de ellas, verlas crecer, subir a ellas y verlo todo pequeño, efímero e inútil...
Noches para desprenderme de mi cuerpo y viajar por mis recuerdos...

martes, 2 de diciembre de 2014

La fuerza de las palabras.

"Escríbelo", me dijo aquella imbécil. "Si no sabes decirlo, escríbelo".
Creo que sí que sé decirlo...
Una emoción se puede transmitir de muchas maneras: Con un silbido, con la voz, con un suspiro, resoplando, tarareando una canción, gritando, con las lágrimas silenciosas del dolor, con las de la risa, con las que se caen sin querer, con las escandalosas de la rabia, del odio, del asco.
¿Con qué más podemos mostrar una emoción? Con el cuerpo.
Con palmadas, con saltos, con un cabezazo en la mesa o en la pared, retrocediendo unos pasos o adelantándolos, haciendo nudos en el cabello, algo que yo hago personalmente cuando me aburro, estirándolo o acariciándolo.
También podemos escribirlas, cantarlas, bailarlas e incluso llorarlas.
Hasta con el silencio podemos transmitir una emoción... ¿Sabéis que el silencio también transmite emociones? Yo distingo tres tipos de silencio: El silencio incómodo, ese que se produce cuando no hay mucho que decir, no hay interés en continuar una interacción entre dos o más hablantes. Cuando la conversación está vacía, en definitiva. Por otro lado está el silencio confortable... Y creo que es el más complicado de encontrar... Al igual que el silencio incómodo aparece sin provocarlo, este segundo tipo no se encuentra si se busca. Simplemente aparece cuando dejas de esperarlo. Es un silencio que llena, que absorbe que... Hace que te sientas satisfecho. En ese silencio sobran las palabras, el resto de expresiones y hasta el resto del mundo. Estás solo frente a una persona a la que no necesitas hablar para transmitir una emoción.
Cuando aparezca este silencio en tu vida... No dejes que ni un solo sonido lo perturbe. Escucha ese silencio, porque es tuyo. No permitas que el ruido rompa tu silencio...
Por último está el silencio doloroso. Este silencio duele porque es cuando tendemos a buscar las palabras para llenarlo. Para tratar de buscar un por qué. Estos silencios son el resultado de la destrucción de los silencios confortables. Es el silencio que provoca esperar. Es el silencio de la desesperación. Es el silencio de la misma locura.
Y los lingüistas creen en la fuerza de las palabras...
Yo creo en la fuerza de los silencios. 


sábado, 21 de junio de 2014

Ciega de todo.

Tras el silbido de la serpiente de luz que llevaba al corazón de los amantes se podía oír al amor que los llamaba a besos desde una botella de cerveza vacía a los pies de la hondonada. 
Después, desnuda, se posó en su estómago y escuchó el sonido grave de su voz cantando las canciones de un catalán. 
Como si aquello hubiera sido poco, puso en marcha el motor y pasaron de largo dejando atrás la luna, los gatos y la cerveza. Solo los siguió el polvo que levantaba el calor de sus voces. 
Una cerveza más apurada, dieron un rodeo cascando las gargantas y despidiendo la noche con el compás de sus palmas y el chasquear de sus dedos de artistas, celebrando que la ilusión y la inspiración volvían a ellos como en aquel Noviembre de café y frío, riendo y cantando, esperando un nuevo amanecer. 
Ella lo escribe ahora, borracha de la madrugá, con el reflujo de la cerveza aún en su estómago y la luna aún hechizándola. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Sexismo lingüístico

La discriminación que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia se ha manifestado de diversas formas y especialmente en la lengua.
Las personas creamos el lenguaje a nuestra imagen y semejanza, por tanto es normal que haya tantas diferencias estructurales en el uso de algunas formas y expresiones. En ello consiste el sexismo lingüístico, en la diferencia de tratamiento que sufren las mujeres con respecto a los hombres en la lengua.
A partir de los seis años empecé a estudiar en un colegio privado-concertado en el que estuve hasta los dieciséis. Era un colegio familiar y cuando digo familiar es real, ya que todos los profesores guardaban un parentesco entre sí. Empezando por el director, que había heredado el colegio de su madre y tenía a sus nueras e hijos trabajando allí y a sus nietos como alumnos. El profesorado, para mi sorpresa era en su mayoría femenino y se nos obligaba desde niños a llamar a las profesoras “Señorita” y a los únicos profesores que había (dos, de quince profesores en total), “profesor”  o “Don” y el nombre da cada uno.
Estudié en una escuela infantil pública hasta los cinco o seis años y la verdad es que no se nos podía exigir mucho a niños de esa edad, pero cuando llegué a este colegio, empezaron a exigirme, junto con mis compañeros, un comportamiento determinado encauzado hacia nuestro futuro según nuestro sexo o, mejor dicho, según los genitales con los que habíamos nacido.
Lo primero que me sorprendieron fueron los castigos. Eran diferentes para chicos que para chicas. A los chicos se los castigaba leyendo y a las chicas, copiando. El tipo de letra era diferente para chicos y para chicas. A las chicas se nos enseñó a escribir con letra inglesa y a los chicos con una letra más redonda y sin tanta floritura. A las chicas se nos exigía saber el Credo y a los chicos no y recuerdo que suspendí religión en una ocasión porque no lo había aprendido.
La persona que lea esto pensará que hablo de los años 60 o 70 pero empecé en este colegio en el año 1997, donde el castigo físico ya estaba más que prohibido, pero en mi colegio se permitía exclusivamente a los chicos. Aunque para bien, las chicas éramos discriminadas en este sentido.
Mi primera experiencia en cuanto a discriminación lingüística no me ocurrió a mí en primera persona, pero sí a un amigo que iba un curso por delante de mí y me lo contó. Este chico nació con sexo masculino pero su género era femenino. La cuestión de los géneros no está muy desarrollada en nuestra lengua… Y pienso que debería hacerse más hincapié en ello. Para no desviarme mucho de la anécdota, este chico estaba llorando en el pasillo que llevaba a los servicios  yo me acerqué a preguntarle. Me dijo que cuando una de las profesoras le había preguntado qué quería ser de mayor, él había contestado que peluquero. Según sus palabras, la profesora había montado en cólera y le había dicho que la palabra específica para los hombres que cortaban el pelo a los hombres era “barbero” y él le contestó que él quería cortar el pelo a mujeres. La profesora se negó en rotundo e insistió en que ser “peluquera” era un trabajo de mujeres y que él nunca sería una mujer. Este chico hoy es estilista, trabaja en Barcelona y ha peinado a modelos en las pasarelas de Milán.
Cuando terminé el Bachillerato, decidí irme a trabajar para darme un “año sabático” y me coloqué en una de las empresas más importantes a nivel nacional en cuanto a grandes almacenes. Estuve de cajera en el supermercado durante seis meses con dieciocho años recién cumplidos. En mi promoción entraron los primeros “cajeros” de la historia de la empresa. Un día trabajando al lado de uno de los chicos, llegó una clienta (clienta está aceptado por la RAE) y puso la cesta en la cinta. Lo miró con recelo y le espetó “¿Tú qué haces aquí?”. El chico le dijo que estaba trabajando y ella le gritó “Un hombre cajera, lo que me faltaba por ver. Además de habernos tenido encerradas durante años, ahora nos quitáis los puestos de trabajo”. La señora insistía en que aquel chico no podía llamarse “cajero”, que “cajero” era la máquina para sacar dinero, que no se concebía como un hombre cobrando alimentos. La señora, muy indignada, cogió su cesta y se vino a mi caja, donde yo le cobré sin decirle una palabra.
No estuve de acuerdo con ella, ni tampoco con la profesora que humilló a aquel amigo mío. Siempre se habla de la discriminación de la mujer pero, ¿dónde queda el hombre? Es cierto que vivimos en una sociedad patriarcal donde el hombre, desde el principio ha tenido más oportunidades que la mujer, más libertad a la hora de elegir y más opciones donde escoger, pero eso no quita que las mujeres nos hayamos hecho fuertes y les estemos devolviendo todo lo que ellos, consciente o inconscientemente, nos han hecho. Se sigue viendo mal que un hombre se quede en casa haciendo las tareas mientras la mujer trabaja y se sigue viendo mal que dos hombres homosexuales adopten un bebé porque “sería traumático para el niño (o niña)”.
La sociedad ha avanzado a pasos agigantados, tanto, que entre zancada y zancada nos hemos dejado lagunas que hay que hay que llenar porque están vacías de significado. Porque, francamente, cuando se habla de los géneros en español, solo hay masculino y femenino. Pienso que debería haber un género, al menos epiceno, que se usara para algo más que animales o seres inanimados. Considero que es necesario para evitar posibles ofensas, tanto masculinas como femeninas aunque creo en la economía del lenguaje y cuando alguien se dirige a mí dentro de un colectivo como “alumnos” o “señores” no me siento discriminada y entrevistando a las mujeres de mi entorno, en un porcentaje del 80%, tampoco.  
En el futuro me gustaría dedicarme a la docencia y ser profesora de Literatura a niveles de Secundaria y Bachillerato, aunque ya me dedico a dar clases particulares y me encanta. Mi propuesta antisexista, si queremos incluir este neologismo que acabo de inventarme, es que cada persona se respete.  Alejémonos del tópico “Los hombres y las mujeres somos iguales”. No, no somos iguales, ni física ni psicológicamente y está demostrado. Podemos desempeñar las mismas funciones y aprender las mismas cosas pero cada uno las llevará a cabo como quiera y esa es una realidad, porque en la variedad está el gusto y si todos fuéramos iguales, ¿qué sentido tendría la vida?

Mientras prevalezca el respeto por el género de las personas, más allá de su sexo y su aspecto, sigamos comunicándonos como lo hacemos hasta ahora porque la lengua ha avanzado de la mano de los hablantes y aunque nos queda un largo camino por recorrer para conseguir la igualdad que muchos deseamos, realmente vamos al camino recto… por el más torcido. Pero llegaremos. 

martes, 13 de mayo de 2014

The boxer.

Nevaba pero no tenía frío.
Era la primera vez que experimentaba la sensación de mojarme las manos con la nieve. Me quité los guantes, que tampoco abrigaban mucho y me quedé en medio del Paseo de los Tristes mirándome las manos, palmas arriba, enrojecidas. Sonreí por ese pequeño placer que me otorgaba la vida.
Era mi último día en la ciudad eterna, que para mí no es Roma, sino Granada.
Me quedé sola admirando aquel fenómeno de la Naturaleza deshacerse en mis dedos y cuando quise levantar la vista, vi que mis amigos se habían alejado bastante.
Apreté el paso para reunirme con ellos. La prisa y el tiempo no es algo de lo que haga mucho caso así que caminé tan rápido como me permitieron las bolsas y mis bolsillos cargados de cámaras.
Nos sentamos en la terraza de un bar y guardé algunas cosas en la maldita mochila con la que llevaba cargando tres días. Los músculos entre los omóplatos me comunicaban con punzadas que debía descansar. Con las manos heladas me masajeé el cuello y empecé a mirar la carta. La tapa del día era sopa de ajo. "Qué manjar", pensé arrugando la nariz. No recuerdo por qué tapa me decidí pero sí recuerdo que estaba hambrienta.
Mis amigos charlaban tranquilamente mientras yo miraba el móvil.
De repente unos acordes me rescataron de mi exilio y levanté la mirada. Entre los vasos de tubo espumosos de mis amigos pude ver a un extraño tipo pelirrojo justo enfrente de mí. Y empezó a cantar "The boxer", de Simon & Garfunkel. Era el último ingrediente que necesitaba para colocarles la guinda a aquellas mini vacaciones post-exámenes.
"No me lo puedo creer", pensé en voz alta. Aunque nadie me hizo mucho caso... Reconozco que tengo un gusto especial por la música antigua y lamentablemente pocos conocen las canciones con las que pierdo el conocimiento cuando necesito evadirme de la realidad.
En aquel momento solo podía ver y escuchar a aquel tipo con acento alemán que cantaba para ganarse unas monedas: Chaqueta ajada marrón, pantalón pirata y botas de montaña completaban al hippie que me secuestró sin que nadie se percatara. La guitarra tendría más viajes que sus botas.
Seguí la letra de memoria y canté en silencio. El niño que se sentaba a mi lado me dijo "¿Por qué no cantas con él?" en el momento de la canción en que el boxeador se rinde... "I am leaving, I am leaving...", le canté a él. Y no iba muy alejada del sentido que el autor le había dado.
De nuevo el estribillo, pegadizo aunque repetitivo, amenizó la mañana de los que, como yo, se habían callado para escucharlo.
Era difícil que el muchacho hiciera la batería teniendo la guitarra en las manos pero ya lo hacía yo en mi cabeza y cada golpe era un puñetazo de realidad. Volvíamos a Sevilla y dejaría de ser independiente de nuevo.
Me hubiera quedado a vivir allí, en el Paseo de los Tristes. En aquel momento había encontrado mi lugar en el mundo y  comprendí que solo había que apretarme el corazón un poco para sacar el jugo de la niña que rara vez dejo salir a jugar en mi interior.
Al terminar la canción aplaudí sonriendo y ese hombre me miró un segundo. Y yo me sentí feliz porque había reparado en mí. Aunque el auditorio no era muy extenso.
Mis amigos decidieron seguir el camino y, con pesar, me despedí del chico que había boxeado mi mente sin saberlo.

Parecerá ridículo rellenar páginas describiendo cómo un hippie cantó una canción de los 70 en una plaza de Granada. Pero son esos momentos que parecen insignificantes los que llenan mi vida ya que la suerte no me mira mucho y tengo que llenar mi frasco de felicidad con las poquitas cosas que me ofrece la vida: Unos copos de nieve, una canción y una mirada verde. Por ejemplo.

domingo, 11 de mayo de 2014

No sé.

No sé por qué hay sombras jugueteando en la acera de enfrente bajo la farola.
No sé por qué las ramas de los árboles se mueven al compás del viento, ni sé por qué la brisa parece que silba una vieja canción en mis oídos.
No sé por qué las hojas que caen secas me rozan la piel y me hacen pensar que el tiempo pasa y que yo me quedo aquí.
No sé por qué al pisar la hojarasca siento que el pasado cruje bajo mis pies, que últimamente se me encogen los tendones si me pongo a recordar.
No sé por qué los gatos que maullaban en los tejados han bajado al suelo a arañarse y destrozarse los ojos. Tienen las uñas ensangrentadas de trepar por sus columnas vertebrales con intenciones de matar. Dejan el surco de sangre y vuelven a la basura a sobrevivir. A la noche siguiente vienen de nuevo a mi ventana y sus gritos me perforan el sentido y sé que aunque salga a asustarlos... Se matarán en otra parte si se van.
No sé por qué las sombras que veo se convierten en luces.
No sé por qué su retrato se cae tan a menudo de mi estantería.
No sé por qué ya me da miedo fumar.
No sé por qué acaricio mis labios si escucho besos en la habitación de al lado. No sé por qué las risas me aprietan el corazón.
No sé por qué tengo el pelo tan seco y no sé por qué no he llorado hoy.
No sé por qué se me eriza el vello cuando los pájaros cantan de noche. Y no sé por qué no duermo.
No sé por qué hace tanto que no escribo, como tampoco sé lo que me frena.
No sé por qué las velas ya no huelen a manzana y a canela.
No sé por qué mi perro ya no quiere caminar.
No sé muchas cosas. Me hago muchas preguntas que no comparto con nadie: ¿En qué me he convertido? ¿Por qué? ¿Para qué hago esto? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cuándo ha ocurrido? 
Y seguramente, como dijo Fito, "Puede ser que las respuesta sea no preguntarse por qué", ya que no quiero las respuestas a esas preguntas.
Lo único que sé a ciencia cierta es que este corazón negro ya no puede más.
Lo único que sé es que se acabó.
Lo único que sé es que no voy a volver. Lo único que sé es que este papel está tan sucio que no mejor no es pasar página, sino arrancarla de cuajo y escribir una historia mejor. Siempre habrá un escritor que arranque páginas de su cuaderno y las tire aunque, ¿quién sabe? A lo mejor las historias que se queman en las chimeneas arden mejor que las que guardan los libros de pasta dura.
No sé. Ni quiero saber nada.
Solo sé que se acabó. 

viernes, 10 de enero de 2014

Pregúntale al tiempo sobre mí.

No quiero un hombre en mi vida.
Me destrozan el corazón, hacen gris mi mirada y ensordecen las palabras que brotan de mis dedos, me aprietan los nudillos y no tengo fuerza para escribir.
Podrán atar mi cuerpo, pero no mi mente. Por eso disfruto del sexo. Ahí es donde siento mi cuerpo libre, libre de verdad. Me gusta la sensación del orgasmo porque en esa explosión encuentro el placer de ver la luz que tengo en mis ojos y que los hombres se empeñan en apagar. Tienen miedo de mis pensamientos y en cuanto sienten que me necesitan se vuelven oscuros. Se ponen el uniforme de seguridad y juegan con la porra entre sus dedos. Amenazan con tirar las llaves y dejarme sola en el abismo de caos y fuego que es mi pensamiento.
Entonces me vuelvo frágil, insegura y cruel.
Son ellos los que han hecho esto de mí.
Son ellos los que me dan el amor y lo convierten en poder. Poder arruinarme la vida.
A los hombres les gusta el poder y a mí me gustaban los hombres poderosos. Me excitan los hombres que saben a dónde van pero yo soy más lista. Todos se apartan cuando ven a una mujer que conoce el camino. Que sabe lo que quiere. En cuanto me decido, todos se hacen a un lado.
Puedo tomar las riendas de mi vida y huir, espoleando contra el viento.
Dejo huellas en sus corazones, tendré algo bueno o algo malo, no lo sé.
Lo único seguro es que nadie puede olvidarme y eso es un hecho, sino, pregúntale al tiempo sobre mí.

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