Después, desnuda, se posó en su estómago y escuchó el sonido grave de su voz cantando las canciones de un catalán.
Como si aquello hubiera sido poco, puso en marcha el motor y pasaron de largo dejando atrás la luna, los gatos y la cerveza. Solo los siguió el polvo que levantaba el calor de sus voces.
Una cerveza más apurada, dieron un rodeo cascando las gargantas y despidiendo la noche con el compás de sus palmas y el chasquear de sus dedos de artistas, celebrando que la ilusión y la inspiración volvían a ellos como en aquel Noviembre de café y frío, riendo y cantando, esperando un nuevo amanecer.
Ella lo escribe ahora, borracha de la madrugá, con el reflujo de la cerveza aún en su estómago y la luna aún hechizándola.