Lo leí una vez, era verano y tenía ocho años.
Leí que una niña conoció a un hombre con alas que estaba herido y lo ocultó en su desván hasta que fue fuerte y pudo volver a volar. Recuerdo que le pregunté a mi madre que si aquello era verdad y me dijo que sí, que todos nacemos con alas y rabo y que se nos caen cuando crecemos. Lo recuerdo nítidamente.
Con los años, seguí pensando en aquella historia, que era de mis preferidas, pero de otra manera.
Llego a la conclusión de que todos tenemos alas aunque algunos sepamos volar y otros, no.
Yo soy de los que no.
Inma creó una jaula de pretextos y se encerró allí cómodamente. Todo lo que necesitaba estaba allí. Veía el mundo exterior demasiado peligroso... Sus alitas eran muy pequeñas y no podía volar.
Con el paso del tiempo creció y con ella, sus alas... Y en vez de salir de la jaula y aprender a volar, pensó que necesitaba una jaula más grande. La construyó ella misma, sin ayuda de nadie.
Por no usar las alas, las plumas se le fueron cayendo y con cada una escribió historias. Historias que tenía miedo a vivir de verdad. Y así pasaron los años...
Un día vio que no todo el mundo sabía volar, igual que ella. Que sus alas no eran perfectas y que se caían y remontaban el vuelo. El viento es inestable y frío... Supuso que la tierra sería menos peligrosa para ella. Allí los humanos que no sabían volar no tenían que esforzarse en aprender.
Así que se arrancó las alas y puso los pies en la tierra.
De sus costillas hizo una jaula para su corazón. Una jaula sin puerta.
Con los huesos que sobraron y las plumas de sus alas, hizo un arco y muchas flechas. Como sus alas eran ligeras, las flechas eran muy veloces. Podían herir antes de que la hirireran a ella.
Y se hizo al monte, a la tierra, se alejó del mundo.
Lo que ella no podía llegar a imaginar es que aquellas flechas podían herir de muerte... Y también de amor.
Inma no sabía de corazones nobles y puros. No sabía nada del amor, pero era capaz de amar.
Aquel día lanzó una flecha a un cuervo que se apartó justo cuando un inocente pasaba por allí y lo hirió. Aquel hombre la confundió con un hada mágica y no se dejó curar la herida.
- Yo no soy hada, muchacho, las hadas tienen alas. Y yo me las arranqué para hacer flechas y así defenderme de los hombres... Aunque ambos usen arco, no confundas a Cupido con la Diana.
