miércoles, 28 de mayo de 2014

Sexismo lingüístico

La discriminación que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia se ha manifestado de diversas formas y especialmente en la lengua.
Las personas creamos el lenguaje a nuestra imagen y semejanza, por tanto es normal que haya tantas diferencias estructurales en el uso de algunas formas y expresiones. En ello consiste el sexismo lingüístico, en la diferencia de tratamiento que sufren las mujeres con respecto a los hombres en la lengua.
A partir de los seis años empecé a estudiar en un colegio privado-concertado en el que estuve hasta los dieciséis. Era un colegio familiar y cuando digo familiar es real, ya que todos los profesores guardaban un parentesco entre sí. Empezando por el director, que había heredado el colegio de su madre y tenía a sus nueras e hijos trabajando allí y a sus nietos como alumnos. El profesorado, para mi sorpresa era en su mayoría femenino y se nos obligaba desde niños a llamar a las profesoras “Señorita” y a los únicos profesores que había (dos, de quince profesores en total), “profesor”  o “Don” y el nombre da cada uno.
Estudié en una escuela infantil pública hasta los cinco o seis años y la verdad es que no se nos podía exigir mucho a niños de esa edad, pero cuando llegué a este colegio, empezaron a exigirme, junto con mis compañeros, un comportamiento determinado encauzado hacia nuestro futuro según nuestro sexo o, mejor dicho, según los genitales con los que habíamos nacido.
Lo primero que me sorprendieron fueron los castigos. Eran diferentes para chicos que para chicas. A los chicos se los castigaba leyendo y a las chicas, copiando. El tipo de letra era diferente para chicos y para chicas. A las chicas se nos enseñó a escribir con letra inglesa y a los chicos con una letra más redonda y sin tanta floritura. A las chicas se nos exigía saber el Credo y a los chicos no y recuerdo que suspendí religión en una ocasión porque no lo había aprendido.
La persona que lea esto pensará que hablo de los años 60 o 70 pero empecé en este colegio en el año 1997, donde el castigo físico ya estaba más que prohibido, pero en mi colegio se permitía exclusivamente a los chicos. Aunque para bien, las chicas éramos discriminadas en este sentido.
Mi primera experiencia en cuanto a discriminación lingüística no me ocurrió a mí en primera persona, pero sí a un amigo que iba un curso por delante de mí y me lo contó. Este chico nació con sexo masculino pero su género era femenino. La cuestión de los géneros no está muy desarrollada en nuestra lengua… Y pienso que debería hacerse más hincapié en ello. Para no desviarme mucho de la anécdota, este chico estaba llorando en el pasillo que llevaba a los servicios  yo me acerqué a preguntarle. Me dijo que cuando una de las profesoras le había preguntado qué quería ser de mayor, él había contestado que peluquero. Según sus palabras, la profesora había montado en cólera y le había dicho que la palabra específica para los hombres que cortaban el pelo a los hombres era “barbero” y él le contestó que él quería cortar el pelo a mujeres. La profesora se negó en rotundo e insistió en que ser “peluquera” era un trabajo de mujeres y que él nunca sería una mujer. Este chico hoy es estilista, trabaja en Barcelona y ha peinado a modelos en las pasarelas de Milán.
Cuando terminé el Bachillerato, decidí irme a trabajar para darme un “año sabático” y me coloqué en una de las empresas más importantes a nivel nacional en cuanto a grandes almacenes. Estuve de cajera en el supermercado durante seis meses con dieciocho años recién cumplidos. En mi promoción entraron los primeros “cajeros” de la historia de la empresa. Un día trabajando al lado de uno de los chicos, llegó una clienta (clienta está aceptado por la RAE) y puso la cesta en la cinta. Lo miró con recelo y le espetó “¿Tú qué haces aquí?”. El chico le dijo que estaba trabajando y ella le gritó “Un hombre cajera, lo que me faltaba por ver. Además de habernos tenido encerradas durante años, ahora nos quitáis los puestos de trabajo”. La señora insistía en que aquel chico no podía llamarse “cajero”, que “cajero” era la máquina para sacar dinero, que no se concebía como un hombre cobrando alimentos. La señora, muy indignada, cogió su cesta y se vino a mi caja, donde yo le cobré sin decirle una palabra.
No estuve de acuerdo con ella, ni tampoco con la profesora que humilló a aquel amigo mío. Siempre se habla de la discriminación de la mujer pero, ¿dónde queda el hombre? Es cierto que vivimos en una sociedad patriarcal donde el hombre, desde el principio ha tenido más oportunidades que la mujer, más libertad a la hora de elegir y más opciones donde escoger, pero eso no quita que las mujeres nos hayamos hecho fuertes y les estemos devolviendo todo lo que ellos, consciente o inconscientemente, nos han hecho. Se sigue viendo mal que un hombre se quede en casa haciendo las tareas mientras la mujer trabaja y se sigue viendo mal que dos hombres homosexuales adopten un bebé porque “sería traumático para el niño (o niña)”.
La sociedad ha avanzado a pasos agigantados, tanto, que entre zancada y zancada nos hemos dejado lagunas que hay que hay que llenar porque están vacías de significado. Porque, francamente, cuando se habla de los géneros en español, solo hay masculino y femenino. Pienso que debería haber un género, al menos epiceno, que se usara para algo más que animales o seres inanimados. Considero que es necesario para evitar posibles ofensas, tanto masculinas como femeninas aunque creo en la economía del lenguaje y cuando alguien se dirige a mí dentro de un colectivo como “alumnos” o “señores” no me siento discriminada y entrevistando a las mujeres de mi entorno, en un porcentaje del 80%, tampoco.  
En el futuro me gustaría dedicarme a la docencia y ser profesora de Literatura a niveles de Secundaria y Bachillerato, aunque ya me dedico a dar clases particulares y me encanta. Mi propuesta antisexista, si queremos incluir este neologismo que acabo de inventarme, es que cada persona se respete.  Alejémonos del tópico “Los hombres y las mujeres somos iguales”. No, no somos iguales, ni física ni psicológicamente y está demostrado. Podemos desempeñar las mismas funciones y aprender las mismas cosas pero cada uno las llevará a cabo como quiera y esa es una realidad, porque en la variedad está el gusto y si todos fuéramos iguales, ¿qué sentido tendría la vida?

Mientras prevalezca el respeto por el género de las personas, más allá de su sexo y su aspecto, sigamos comunicándonos como lo hacemos hasta ahora porque la lengua ha avanzado de la mano de los hablantes y aunque nos queda un largo camino por recorrer para conseguir la igualdad que muchos deseamos, realmente vamos al camino recto… por el más torcido. Pero llegaremos. 

martes, 13 de mayo de 2014

The boxer.

Nevaba pero no tenía frío.
Era la primera vez que experimentaba la sensación de mojarme las manos con la nieve. Me quité los guantes, que tampoco abrigaban mucho y me quedé en medio del Paseo de los Tristes mirándome las manos, palmas arriba, enrojecidas. Sonreí por ese pequeño placer que me otorgaba la vida.
Era mi último día en la ciudad eterna, que para mí no es Roma, sino Granada.
Me quedé sola admirando aquel fenómeno de la Naturaleza deshacerse en mis dedos y cuando quise levantar la vista, vi que mis amigos se habían alejado bastante.
Apreté el paso para reunirme con ellos. La prisa y el tiempo no es algo de lo que haga mucho caso así que caminé tan rápido como me permitieron las bolsas y mis bolsillos cargados de cámaras.
Nos sentamos en la terraza de un bar y guardé algunas cosas en la maldita mochila con la que llevaba cargando tres días. Los músculos entre los omóplatos me comunicaban con punzadas que debía descansar. Con las manos heladas me masajeé el cuello y empecé a mirar la carta. La tapa del día era sopa de ajo. "Qué manjar", pensé arrugando la nariz. No recuerdo por qué tapa me decidí pero sí recuerdo que estaba hambrienta.
Mis amigos charlaban tranquilamente mientras yo miraba el móvil.
De repente unos acordes me rescataron de mi exilio y levanté la mirada. Entre los vasos de tubo espumosos de mis amigos pude ver a un extraño tipo pelirrojo justo enfrente de mí. Y empezó a cantar "The boxer", de Simon & Garfunkel. Era el último ingrediente que necesitaba para colocarles la guinda a aquellas mini vacaciones post-exámenes.
"No me lo puedo creer", pensé en voz alta. Aunque nadie me hizo mucho caso... Reconozco que tengo un gusto especial por la música antigua y lamentablemente pocos conocen las canciones con las que pierdo el conocimiento cuando necesito evadirme de la realidad.
En aquel momento solo podía ver y escuchar a aquel tipo con acento alemán que cantaba para ganarse unas monedas: Chaqueta ajada marrón, pantalón pirata y botas de montaña completaban al hippie que me secuestró sin que nadie se percatara. La guitarra tendría más viajes que sus botas.
Seguí la letra de memoria y canté en silencio. El niño que se sentaba a mi lado me dijo "¿Por qué no cantas con él?" en el momento de la canción en que el boxeador se rinde... "I am leaving, I am leaving...", le canté a él. Y no iba muy alejada del sentido que el autor le había dado.
De nuevo el estribillo, pegadizo aunque repetitivo, amenizó la mañana de los que, como yo, se habían callado para escucharlo.
Era difícil que el muchacho hiciera la batería teniendo la guitarra en las manos pero ya lo hacía yo en mi cabeza y cada golpe era un puñetazo de realidad. Volvíamos a Sevilla y dejaría de ser independiente de nuevo.
Me hubiera quedado a vivir allí, en el Paseo de los Tristes. En aquel momento había encontrado mi lugar en el mundo y  comprendí que solo había que apretarme el corazón un poco para sacar el jugo de la niña que rara vez dejo salir a jugar en mi interior.
Al terminar la canción aplaudí sonriendo y ese hombre me miró un segundo. Y yo me sentí feliz porque había reparado en mí. Aunque el auditorio no era muy extenso.
Mis amigos decidieron seguir el camino y, con pesar, me despedí del chico que había boxeado mi mente sin saberlo.

Parecerá ridículo rellenar páginas describiendo cómo un hippie cantó una canción de los 70 en una plaza de Granada. Pero son esos momentos que parecen insignificantes los que llenan mi vida ya que la suerte no me mira mucho y tengo que llenar mi frasco de felicidad con las poquitas cosas que me ofrece la vida: Unos copos de nieve, una canción y una mirada verde. Por ejemplo.

domingo, 11 de mayo de 2014

No sé.

No sé por qué hay sombras jugueteando en la acera de enfrente bajo la farola.
No sé por qué las ramas de los árboles se mueven al compás del viento, ni sé por qué la brisa parece que silba una vieja canción en mis oídos.
No sé por qué las hojas que caen secas me rozan la piel y me hacen pensar que el tiempo pasa y que yo me quedo aquí.
No sé por qué al pisar la hojarasca siento que el pasado cruje bajo mis pies, que últimamente se me encogen los tendones si me pongo a recordar.
No sé por qué los gatos que maullaban en los tejados han bajado al suelo a arañarse y destrozarse los ojos. Tienen las uñas ensangrentadas de trepar por sus columnas vertebrales con intenciones de matar. Dejan el surco de sangre y vuelven a la basura a sobrevivir. A la noche siguiente vienen de nuevo a mi ventana y sus gritos me perforan el sentido y sé que aunque salga a asustarlos... Se matarán en otra parte si se van.
No sé por qué las sombras que veo se convierten en luces.
No sé por qué su retrato se cae tan a menudo de mi estantería.
No sé por qué ya me da miedo fumar.
No sé por qué acaricio mis labios si escucho besos en la habitación de al lado. No sé por qué las risas me aprietan el corazón.
No sé por qué tengo el pelo tan seco y no sé por qué no he llorado hoy.
No sé por qué se me eriza el vello cuando los pájaros cantan de noche. Y no sé por qué no duermo.
No sé por qué hace tanto que no escribo, como tampoco sé lo que me frena.
No sé por qué las velas ya no huelen a manzana y a canela.
No sé por qué mi perro ya no quiere caminar.
No sé muchas cosas. Me hago muchas preguntas que no comparto con nadie: ¿En qué me he convertido? ¿Por qué? ¿Para qué hago esto? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cuándo ha ocurrido? 
Y seguramente, como dijo Fito, "Puede ser que las respuesta sea no preguntarse por qué", ya que no quiero las respuestas a esas preguntas.
Lo único que sé a ciencia cierta es que este corazón negro ya no puede más.
Lo único que sé es que se acabó.
Lo único que sé es que no voy a volver. Lo único que sé es que este papel está tan sucio que no mejor no es pasar página, sino arrancarla de cuajo y escribir una historia mejor. Siempre habrá un escritor que arranque páginas de su cuaderno y las tire aunque, ¿quién sabe? A lo mejor las historias que se queman en las chimeneas arden mejor que las que guardan los libros de pasta dura.
No sé. Ni quiero saber nada.
Solo sé que se acabó. 

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