La discriminación que han sufrido las mujeres a lo largo
de la historia se ha manifestado de diversas formas y especialmente en la
lengua.
Las personas creamos el lenguaje a nuestra imagen y semejanza, por tanto es normal que haya tantas diferencias estructurales en el uso de algunas formas y expresiones. En ello consiste el sexismo lingüístico, en la diferencia de tratamiento que sufren las mujeres con respecto a los hombres en la lengua.
Las personas creamos el lenguaje a nuestra imagen y semejanza, por tanto es normal que haya tantas diferencias estructurales en el uso de algunas formas y expresiones. En ello consiste el sexismo lingüístico, en la diferencia de tratamiento que sufren las mujeres con respecto a los hombres en la lengua.
A partir de los seis años empecé a estudiar en un
colegio privado-concertado en el que estuve hasta los dieciséis. Era un colegio
familiar y cuando digo familiar es real, ya que todos los profesores guardaban
un parentesco entre sí. Empezando por el director, que había heredado el
colegio de su madre y tenía a sus nueras e hijos trabajando allí y a sus nietos
como alumnos. El profesorado, para mi sorpresa era en su mayoría femenino y se
nos obligaba desde niños a llamar a las profesoras “Señorita” y a los únicos
profesores que había (dos, de quince profesores en total), “profesor” o “Don” y el nombre da cada uno.
Estudié en una escuela infantil pública hasta los cinco o seis años y la verdad es que no se nos podía exigir mucho a niños de esa edad, pero cuando llegué a este colegio, empezaron a exigirme, junto con mis compañeros, un comportamiento determinado encauzado hacia nuestro futuro según nuestro sexo o, mejor dicho, según los genitales con los que habíamos nacido.
Lo primero que me sorprendieron fueron los castigos. Eran diferentes para chicos que para chicas. A los chicos se los castigaba leyendo y a las chicas, copiando. El tipo de letra era diferente para chicos y para chicas. A las chicas se nos enseñó a escribir con letra inglesa y a los chicos con una letra más redonda y sin tanta floritura. A las chicas se nos exigía saber el Credo y a los chicos no y recuerdo que suspendí religión en una ocasión porque no lo había aprendido.
Estudié en una escuela infantil pública hasta los cinco o seis años y la verdad es que no se nos podía exigir mucho a niños de esa edad, pero cuando llegué a este colegio, empezaron a exigirme, junto con mis compañeros, un comportamiento determinado encauzado hacia nuestro futuro según nuestro sexo o, mejor dicho, según los genitales con los que habíamos nacido.
Lo primero que me sorprendieron fueron los castigos. Eran diferentes para chicos que para chicas. A los chicos se los castigaba leyendo y a las chicas, copiando. El tipo de letra era diferente para chicos y para chicas. A las chicas se nos enseñó a escribir con letra inglesa y a los chicos con una letra más redonda y sin tanta floritura. A las chicas se nos exigía saber el Credo y a los chicos no y recuerdo que suspendí religión en una ocasión porque no lo había aprendido.
La persona que lea esto pensará que hablo de los años 60
o 70 pero empecé en este colegio en el año 1997, donde el castigo físico ya
estaba más que prohibido, pero en mi colegio se permitía exclusivamente a los
chicos. Aunque para bien, las chicas éramos discriminadas en este sentido.
Mi primera experiencia en cuanto a discriminación
lingüística no me ocurrió a mí en primera persona, pero sí a un amigo que iba
un curso por delante de mí y me lo contó. Este chico nació con sexo masculino
pero su género era femenino. La cuestión de los géneros no está muy
desarrollada en nuestra lengua… Y pienso que debería hacerse más hincapié en
ello. Para no desviarme mucho de la anécdota, este chico estaba llorando en el
pasillo que llevaba a los servicios yo
me acerqué a preguntarle. Me dijo que cuando una de las profesoras le había
preguntado qué quería ser de mayor, él había contestado que peluquero. Según
sus palabras, la profesora había montado en cólera y le había dicho que la
palabra específica para los hombres que cortaban el pelo a los hombres era
“barbero” y él le contestó que él quería cortar el pelo a mujeres. La profesora
se negó en rotundo e insistió en que ser “peluquera” era un trabajo de mujeres
y que él nunca sería una mujer. Este chico hoy es estilista, trabaja en Barcelona
y ha peinado a modelos en las pasarelas de Milán.
Cuando terminé el Bachillerato, decidí irme a trabajar
para darme un “año sabático” y me coloqué en una de las empresas más
importantes a nivel nacional en cuanto a grandes almacenes. Estuve de cajera en
el supermercado durante seis meses con dieciocho años recién cumplidos. En mi
promoción entraron los primeros “cajeros” de la historia de la empresa. Un día
trabajando al lado de uno de los chicos, llegó una clienta (clienta está
aceptado por la RAE) y puso la cesta en la cinta. Lo miró con recelo y le
espetó “¿Tú qué haces aquí?”. El chico le dijo que estaba trabajando y ella le
gritó “Un hombre cajera, lo que me faltaba por ver. Además de habernos tenido
encerradas durante años, ahora nos quitáis los puestos de trabajo”. La señora
insistía en que aquel chico no podía llamarse “cajero”, que “cajero” era la
máquina para sacar dinero, que no se concebía como un hombre cobrando
alimentos. La señora, muy indignada, cogió su cesta y se vino a mi caja, donde
yo le cobré sin decirle una palabra.
No estuve de acuerdo con ella, ni tampoco con la
profesora que humilló a aquel amigo mío. Siempre se habla de la discriminación
de la mujer pero, ¿dónde queda el hombre? Es cierto que vivimos en una sociedad
patriarcal donde el hombre, desde el principio ha tenido más oportunidades que
la mujer, más libertad a la hora de elegir y más opciones donde escoger, pero
eso no quita que las mujeres nos hayamos hecho fuertes y les estemos
devolviendo todo lo que ellos, consciente o inconscientemente, nos han hecho. Se
sigue viendo mal que un hombre se quede en casa haciendo las tareas mientras la
mujer trabaja y se sigue viendo mal que dos hombres homosexuales adopten un
bebé porque “sería traumático para el niño (o niña)”.
La sociedad ha avanzado a pasos agigantados, tanto, que
entre zancada y zancada nos hemos dejado lagunas que hay que hay que llenar
porque están vacías de significado. Porque, francamente, cuando se habla de los
géneros en español, solo hay masculino y femenino. Pienso que debería haber un
género, al menos epiceno, que se usara para algo más que animales o seres
inanimados. Considero que es necesario para evitar posibles ofensas, tanto
masculinas como femeninas aunque creo en la economía del lenguaje y cuando alguien
se dirige a mí dentro de un colectivo como “alumnos” o “señores” no me siento
discriminada y entrevistando a las mujeres de mi entorno, en un porcentaje del
80%, tampoco.
En el futuro me gustaría dedicarme a la docencia y ser
profesora de Literatura a niveles de Secundaria y Bachillerato, aunque ya me
dedico a dar clases particulares y me encanta. Mi propuesta antisexista, si
queremos incluir este neologismo que acabo de inventarme, es que cada persona
se respete. Alejémonos del tópico “Los
hombres y las mujeres somos iguales”. No, no somos iguales, ni física ni
psicológicamente y está demostrado. Podemos desempeñar las mismas funciones y
aprender las mismas cosas pero cada uno las llevará a cabo como quiera y esa es
una realidad, porque en la variedad está el gusto y si todos fuéramos iguales,
¿qué sentido tendría la vida?
Mientras prevalezca el respeto por el género de las
personas, más allá de su sexo y su aspecto, sigamos comunicándonos como lo
hacemos hasta ahora porque la lengua ha avanzado de la mano de los hablantes y
aunque nos queda un largo camino por recorrer para conseguir la igualdad que
muchos deseamos, realmente vamos al camino recto… por el más torcido. Pero
llegaremos.
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