La radio empezó a sonar.
La besó y sus manos se perdieron bajo su ropa. Ella sentía que su
corazón quería irse con él cada vez que se acercaban. Se sentó a
mirarlo a los ojos y lo besó muchas veces, muy despacio. Le gustaba
el sonido de su lengua peleando contra la de él en una lucha donde
ninguno de los dos perdería. Cuando pudo deshacerse del nudo de sus
brazos, empezó a quitarse la blusa. Él voyerista y ella
exhibicionista. Eran la pareja perfecta.
“Esto estaba escrito”, dijo él. Le temblaban las manos y su boca entreabierta, con aroma a tabaco rubio le arrojaba bocados y versos. La naturaleza del cuerpo, que se desbocaba, sacó del tintero un "te quiero" mientras ella le quitaba la ropa. Se cayó el pantalón y se miraron… No eran los mismos de hacía un año. Pero el sentimiento sí y se podía tocar con una guitarra, que permanecía apoyada a sus espaldas y dibujaba sus siluetas. Se olió un “te quiero” en el aliento de ella, quien escondió rápidamente los labios en su oído. Las manos, torpes, exploraron cada hueso, cada pelo, cada piel. Se hicieron cosquillas con la nariz, arañaron el pasado con un amor que los profetas habían denominado “imposible”. Despeinaron las leyes ahogados entre gritos y se amaron a fuego lento. Y sobraron tanto las ganas que rompieron los esquemas. Y cuando la respiración agitada era la banda sonora de la madrugada, entre besos y caricias, vestidos solo con la piel, las trompetas del asiento trasero se entregaban a un músico de pacotilla y a la asistente. Fue un concierto perfecto bajo la atenta mirada de las farolas, incrédulas, que vieron cómo el amor afloraba y la luna se encelaba. Las uñas mordidas se encaramaron en su espalda y hurgaron en los resquicios de las entrañas. Ansiedad en sus bocas y varias canciones después, “Para el reloj”, le dijo él antes de quedarse dormido en su ombligo. Y pasaron las horas, se apagaron las farolas, rompieron las luces para poder quererse bien, y cuando volvieron a casa protegidos por el amanecer, les guiñó un ojo la aurora.
“Esto estaba escrito”, dijo él. Le temblaban las manos y su boca entreabierta, con aroma a tabaco rubio le arrojaba bocados y versos. La naturaleza del cuerpo, que se desbocaba, sacó del tintero un "te quiero" mientras ella le quitaba la ropa. Se cayó el pantalón y se miraron… No eran los mismos de hacía un año. Pero el sentimiento sí y se podía tocar con una guitarra, que permanecía apoyada a sus espaldas y dibujaba sus siluetas. Se olió un “te quiero” en el aliento de ella, quien escondió rápidamente los labios en su oído. Las manos, torpes, exploraron cada hueso, cada pelo, cada piel. Se hicieron cosquillas con la nariz, arañaron el pasado con un amor que los profetas habían denominado “imposible”. Despeinaron las leyes ahogados entre gritos y se amaron a fuego lento. Y sobraron tanto las ganas que rompieron los esquemas. Y cuando la respiración agitada era la banda sonora de la madrugada, entre besos y caricias, vestidos solo con la piel, las trompetas del asiento trasero se entregaban a un músico de pacotilla y a la asistente. Fue un concierto perfecto bajo la atenta mirada de las farolas, incrédulas, que vieron cómo el amor afloraba y la luna se encelaba. Las uñas mordidas se encaramaron en su espalda y hurgaron en los resquicios de las entrañas. Ansiedad en sus bocas y varias canciones después, “Para el reloj”, le dijo él antes de quedarse dormido en su ombligo. Y pasaron las horas, se apagaron las farolas, rompieron las luces para poder quererse bien, y cuando volvieron a casa protegidos por el amanecer, les guiñó un ojo la aurora.
Con la colaboración de Mario Salas, poeta de cañerías, poeta de bordillo y de manos vacías. Sin él, no hubiera sido posible describir la historia, porque él es quien sabe apreciar esos pequeños detalles que yo no percibo.