jueves, 5 de noviembre de 2015

La abuela.

El reloj se paró a las cinco.
Era un reloj viejo. Un carrillón de pared.
De niña, mi tío jugaba con mi prima y conmigo a imaginar que los objetos cobraban vida por la noche. Para mí ese reloj era el mayordomo, el que conocía cada rincón de la casa.
Un día se paró. Y nadie volvió a darle cuerda. Fue el día que el tiempo se paró para mi abuela. Ese día decidió quitarse los relojes. Ese día se hizo vieja. Ese día, empezó a morir...
Sola. Siempre quería estar sola. Yo era muy niña cuando mi abuela detuvo el tiempo.
Se sentaba en el sillón orejero mirando por el ventanal, oculta tras las cortinas grises.
- Abuela, ¿qué miras?
- A la gente.
Y yo seguía jugando a hacer comida con las legumbres que me daba. Metía las legumbres en ollas llenas de agua y se arrugaban. Eso le pasaba a la abuela. Se arrugaba por el agua que derramaban sus ojos. Se secaba con un pañuelo de tela que a mi madre no le gustaba.
- Abuela, ¿por qué lloras solo por un ojo?
La abuela nunca sabía responder a mis preguntas. Se quedaba muy seria mirándome y me mandaba con mi tío.
Cuando yo estaba sola con la abuela, se enfadaba porque yo no quería comer si no me contaba una historia. Y la abuela no sabía contar historias...
La abuela siempre estaba muy cansada y decía que le dolían mucho las piernas. Mi madre le decía que a ella también le dolían. Entonces la abuela volvía a mirar por el ventanal.
La abuela no respiraba bien porque le faltaba medio corazón. Por eso le costaba querer a mucha gente. Solo quería a unos cuantos. A mí me quería. Y yo la quería.
La abuela no sabía cuidar porque tenía el corazón roto. Se rompió el día que se paró el reloj.
Tenía el corazón roto porque su amor se había ido lleno de sangre.
La abuela no podía ayudar porque no sabía.
La abuela tenía un nombre que presagiaba su final.
La abuela tenía miedo, por eso paró el tiempo.
La abuela tenía miedo de vivir. Por eso paró el reloj.
Ahora el reloj está en su antigua habitación, le he dado cuerda y protesta cuando marca las horas.
Porque ese reloj solo quiere dar las cinco...



miércoles, 16 de septiembre de 2015

Inolvidable.

A las malas personas hay que ayudarlas porque el desprecio y el asco las domina.
Siento verdadera lástima por la gente que se siente sola en compañía porque yo me he sentido así. Yo sé lo que es no tener fuerza en la voz para pedir ayuda.
Sé lo que se siente al no recibir lo que se desea y se espera del amor. Sé lo que se siente cuando el amor te decepciona.
Sé cómo se puede sentir una persona que intenta llamar la atención con su mala conducta.
Sé cómo se sienten las personas que airean su felicidad. Que necesitan mostrar al mundo que son felices y se sienten completos. Sé cómo se sienten porque yo he amado y he sentido que no me correspondían.
Sé lo que es que te nieguen apoyo, ayuda, oxígeno y calor. Lo sé porque me lo han negado.
Sé lo que es buscar a escondidas a alguien. Sé querer en silencio.
Sé rabiar, llorar y molestar cuando mi plan se ha visto frustrado.
Sé lo que es sentirse ignorado. Porque me han ignorado. Mucho.
Sé lo que es que menosprecien tu talento. Que te digan que cualquiera haría eso mejor que tú. Lo sé porque nunca he sido la mejor para nadie. Ni siquiera para mí.

Sin embargo, no sé lo que es sentirse miserable.
No sé lo que es sentirse inútil.
No sé lo que es sentirse mezquino, odiado, olvidado.
No lo sé porque nunca he sido miserable. Ni inútil.
No lo sé porque nunca he sido mezquina.
No lo sé, porque el tiempo me ha demostrado que soy difícil de olvidar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Jodida pero contenta.

Hoy no quiero dormir.
Llevo mucho tiempo dormida y hoy me he despertado.
La anestesia ha funcionado.
Hoy me vio un fantasma. Yo no lo vi, estaba mirándome los pies. El fantasma siguió adelante por su camino y yo clavé mi mirada en el suelo. ¿Cómo es mi camino?
Mi camino es pedregoso.
Aprendí a partir con la cabeza las piedras que me hacían tropezar hasta convertirlas en granos de arena, con los cuales construía montañas tan altas que se perdían entre las nubes.
Aprendí a escalar mis montañas de arena para subirme a las nubes y aprendí a flotar... Aprendí a volar porque me caí muchas veces.
Estoy contenta porque aprendí a levantarme. Antes no sabía.
Dicen que las cosas pasar por algún motivo pero que también hay cosas que no pasan por otro motivo. Qué frase tan cobarde.
Las cosas no pasan porque no queremos que pasen.
Por miedo a que pasen.
Esta noche estoy despierta en los sueños de alguien. Alguien se despertará sonriendo.
Hoy estoy volando en la cama de alguien.
Hoy estoy en las nubes.
Hoy estoy despierta.
Hoy estoy jodida. Pero contenta.

martes, 25 de agosto de 2015

Qué.

Me habéis visto. Me habéis oído. Me habéis juzgado con todo lujo de detalles.
Habéis encontrado mis escondites. Me habéis señalado. Y os habéis reído.
Habéis hecho un retrato robot de mi corazón.
Habéis diseccionado mis frases, imaginado mis sueños, inventado mis emociones.
Habéis encontrado cientos de claves para desencriptar mi mente y no habéis entendido nada.

No sabéis cómo me cambia la cara en primavera.
No habéis visto mi alma estirándose al sol.
No sabéis qué música suena en mi cabeza cuando río.
No habéis sentido el dolor de mi pecho cuando me alejo de casa.
No habéis visto a la muerte pasar por mi frente y llevarse mi inocencia.
No me habéis apretado la mano hasta quedarme dormida.
No tenéis ni idea de cómo beso. de cómo lloro, de cómo gimo, de cómo suspiro.
No entendéis nada.

¿Qué vais a entender? Si no me habéis visto explorar mis límites, si no sabéis cuántas veces he viajado en el tiempo, si no sabéis qué cara de mi madre me imagino para tranquilizarme cuando estoy a punto de perder el control. Si no entendéis que hay lugares a los que nunca podréis seguirme.
Si no sabéis cómo es un cortocircuito en mi cabeza.
Si no sabéis por qué siempre estoy al borde de un ataque de nervios.

¿Qué queréis entender, si no entendéis nada?


viernes, 8 de mayo de 2015

En el lugar de las alas.

Todos los humanos nacemos con alas.
Lo leí una vez, era verano y tenía ocho años.
Leí que una niña conoció a un hombre con alas que estaba herido y lo ocultó en su desván hasta que fue fuerte y pudo volver a volar. Recuerdo que le pregunté a mi madre que si aquello era verdad y me dijo que sí, que todos nacemos con alas y rabo y que se nos caen cuando crecemos. Lo recuerdo nítidamente.
Con los años, seguí pensando en aquella historia, que era de mis preferidas, pero de otra manera.
Llego a la conclusión de que todos tenemos alas aunque algunos sepamos volar y otros, no.
Yo soy de los que no.
Inma creó una jaula de pretextos y se encerró allí cómodamente. Todo lo que necesitaba estaba allí. Veía el mundo exterior demasiado peligroso... Sus alitas eran muy pequeñas y no podía volar.
Con el paso del tiempo creció y con ella, sus alas... Y en vez de salir de la jaula y aprender a volar, pensó que necesitaba una jaula más grande. La construyó ella misma, sin ayuda de nadie.
Por no usar las alas, las plumas se le fueron cayendo y con cada una escribió historias. Historias que tenía miedo a vivir de verdad. Y así pasaron los años...
Un día vio que no todo el mundo sabía volar, igual que ella. Que sus alas no eran perfectas y que se caían y remontaban el vuelo. El viento es inestable y frío... Supuso que la tierra sería menos peligrosa para ella. Allí los humanos que no sabían volar no tenían que esforzarse en aprender.
Así que se arrancó las alas y puso los pies en la tierra.
De sus costillas hizo una jaula para su corazón. Una jaula sin puerta.
Con los huesos que sobraron y las plumas de sus alas, hizo un arco y muchas flechas. Como sus alas eran ligeras, las flechas eran muy veloces. Podían herir antes de que la hirireran a ella.
Y se hizo al monte, a la tierra, se alejó del mundo.
Lo que ella no podía llegar a imaginar es que aquellas flechas podían herir de muerte... Y también de amor.
Inma no sabía de corazones nobles y puros. No sabía nada del amor, pero era capaz de amar.
Aquel día lanzó una flecha a un cuervo que se apartó justo cuando un inocente pasaba por allí y lo hirió. Aquel hombre la confundió con un hada mágica y no se dejó curar la herida.
- Yo no soy hada, muchacho, las hadas tienen alas. Y yo me las arranqué para hacer flechas y así defenderme de los hombres... Aunque ambos usen arco, no confundas a Cupido con la Diana.



domingo, 12 de abril de 2015

Luz (parte II).

Entreabrí la puerta y vi su silueta. Era un hombre grande. Parecía extranjero...
- Llevo algún tiempo caminando solo. Me aparté del mundo para encontrar nuevas ideas, historias, tal vez. No hay gente en estos parajes y he visto luz desde lejos. He seguido su rastro y he llegado hasta aquí.
- Pero si en mi cueva no hay luz...
- Tú brillas. Y yo te he visto desde muy lejos.
Ese hombre al que no le veía el rostro decía que había luz en mí. Evidentemente pensé que era un aventurero loco y mantuve mi postura de persona normal. No confiaba en nadie. Y mucho menos en alguien a quien no podía ver.
Cerré la puerta y volví a mi oscuridad.
Al día siguiente, volvieron a llamar.
A veces abría la puerta. Otras, no.
Siempre era el mismo aventurero sin rostro... Animándome a salir y ver el maravilloso paisaje. Pero yo estaba muy cansada... No quería salir.
No entendía muy bien cómo me encontraba. Ni cómo me había descubierto. "Tú brillas", era su respuesta. Siempre la misma.
Muchas noches le abría la puerta de par en par y cuando casi me tenía convencida para salir de la cueva, volvía atrás muy rápido y me encerraba. Pero al día siguiente, él seguía en la puerta con su frase... "Tú brillas".
Un día decidí atreverme... Hablar con un ser invisible es para místicos y ascetas. Yo quería ver quién era ese amante del peligro que husmeaba en lugares apartados de la sociedad y veía luz en mí.
Salí de la cueva.
Y cuando el sol le dio en la cara, su luz se reflejó en mis ojos y ese día... Entendí que la luz que irradiaba mi mirada era el reflejo de la suya. Y que por eso me encontró.
Realmente necesitábamos la oscuridad para brillar. 

El mosquito de la felicidad.

La chica del caos nació en una familia acomodada.
La chica del caos  no sabía a quién querer, pero siempre quería a uno y quizás por eso a empezó a fumar y a morderse las uñas.
Impulsiva. Impaciente. Inestable. Pero increíble.
A día de hoy creo que la chica del caos sigue sin entender mucho sobre líneas rectas, nunca le preocupó mucho no saber por dónde iba la carretera. Ella es la que conduce. Y lo mejor de todo es que siempre acaba llegando a algún sitio. Aunque sea sin saber a cuál.
A sensu contrario, de lo que entiende la chica del caos es de curvas. Ella toma las curvas como le da la gana, izquierda, derecha y luego izquierda otra vez. Lee, se aburre, se levanta para cenar y sin querer se prepara el desayuno, se pone a ver un drama con el que acaba riendo a carcajadas y llama a su padre porque quiere olvida a los chicos para al día siguiente poder echarlos mucho de menos.
Así es la chica del caos. Haciendo honor a su nombre. En cuanto te escribe, sabes que le tienes que dar un consejo más bien raro. Porque, por lógica, hay que darle un consejo ilógico.
Ella necesita que le pique el mosquito de la felicidad. Necesita una felicidad sin causa, sin deudas, que no se la deba a nadie, solo a ese humilde mosquito. Y una vez que le pique, podrá reír sin motivo y de repente unas personas le parecerán muy serias y otras más graciosas de lo que había pensado.

El mosquito hará que ni se aburra ni se canse. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Luz (Parte I)

Había decidido aislarme por completo.
Había decidido que había perdido. Y que no merecía otra cosa que consumirme y desaparecer. Dejar de ser un problema, un estorbo. Dejar de entorpecer la vida a los demás.
Me sumergía en las historias que cuentan los libros, esas en las que todo acaba bien y te convencen de que todo eso puede pasarte a ti. Cuando me dolían los ojos, dejaba de leer y ponía música e imaginaba situaciones muy alejadas de la realidad que llegaban a hacerme sonreír. Porque prometí no llorar. Y prometí no fallarme nunca más.
Fue entonces cuando terminé de construir mi cueva. Y allí me refugiaba del mundanal ruido, como aconsejaba un poeta que no me gusta.
En mi cueva no tenía lujos, pero me tenía a mí, que soy muy pequeña y no sé cuidarme bien, pero me quiero un poco.
Aquí, en este lugar oscuro, me lamía las heridas maldiciendo el amor, maldiciendo la vida y sobre todo, maldiciéndome a mí. No era muy inteligente, pero una persona importante solía decir "Al cuerpo hay que darle lo que vaya pidiendo". A veces pienso que ella conocía su final y el mío porque sus sentencias han resultado certeras. Ella siempre lo sabía todo.
En este tiempo aprendí a ser optimista y a pensar que la felicidad es querer lo que tienes y empecé a quererme a mí, que soy lo único que tengo.
La soledad forja a las almas, decía otro poeta. Elegí la soledad, que siempre me había asustado y aprendí a valorarla con ayuda de mis libros y mi música.
En mi cueva no había luz, sin embargo, yo podía ver, porque los gatos ven mejor que los hombres cuando todo está a oscuras... Cuando es de noche, cuando la infame turba de nocturnas aves sobrevuela el nido de mi pelo. Y creo que fue entonces cuando oí que llamaban a la puerta.
"Qué raro", pensé. "Nadie viene nunca a visitar mi cueva".

lunes, 2 de febrero de 2015

Todo o nada.

Quedarme con las ganas nunca ha sido una opción en mi cabeza.
La angustia que provocan los condicionales, la pesadumbre y la ansiedad es algo de lo que huyo.
Perseguir un fin es la única forma que encuentro para seguir viva. Todo se enfoca hacia una meta cada vez más lejana... Cada vez más difusa... Más oculta por la niebla.
Todo o nada. Los vasos medio llenos o medio vacíos no son para mí. Adaptarme al "No se puede tener todo" me hace perder el control sobre mi cuerpo.
¿Qué contiene el vaso a la mitad? ¿Por qué hay que elegir? ¿Por qué una opción anula a otra?
Demasiadas preguntas... Me siento débil en la ignorancia.
Me quema el pecho la incertidumbre, la desconfianza.
Ojalá pudiera llenar mi vaso hasta arriba de conocimiento y dejar que resbalara por mi garganta.
Ojalá.
Ojalá muchas cosas.
Puedo permitirme unos días de desconcierto. De debilidad y tristeza. Llevo mucho tiempo siendo fuerte y estoy tan cansada...

- ¿Cómo está el vaso, medio lleno o medio vacío? 
- Está vacío. 
- No... Es que no sabes mirar. 

jueves, 22 de enero de 2015

Piedra.

Hay un dicho popular casi tan antiguo como la humanidad que dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. 
Es cierto.
El problema reside en cuando le cogemos cariño a la piedra, la recogemos del suelo y nos empezamos a golpear la frente con ella. La autolesión nos lleva quizás a dejar escapar ese dolor que nos oprime el alma y que nos impide gritar porque pensamos que no merecemos ser escuchados. Es un término psiquiátrico.
Supongo que llegará un momento en que de tanto golpear la piedra, se deshará. Malheridos e intentando en vano sacudirnos todo el polvo y la grava que ensucia nuestro cuerpo, definitivamente miraremos al frente y nos cegará el sol. Hemos permanecido demasiado tiempo estáticos ante la adversidad.
Sucios y a trompicones intentaremos divisar algún punto de apoyo en la lejanía sin mirar atrás, Probablemente habremos olvidado cómo se camina, habrán aparecido fobias infundadas y nos encontraremos desorientados, dando la espalda al maltrecho camino que nos ha hecho caer y sin volver la vista atrás ni siquiera para aprender.
Y yo me pregunto, ¿habrá merecido la pena o la alegría haber sacrificado un camino a cambio de los golpes de esta piedra? Es más, ¿realmente era necesario sufrir tanto por nada?


"Dando la espalda al maltrecho camino"

jueves, 15 de enero de 2015

Los recuerdos.

Los recuerdos.
Son esos seres que acumulas en tu memoria.
Son como pequeñas representaciones teatrales que tienen lugar en tu mente y que aparecen cuando quieren.
Podría ponerme melancólica y hacer un repaso de las últimas imágenes que me abordan cuando me distraigo. Pero no lo voy a hacer.
Mis recuerdos son huevos de dragón que guardo en dos baúles. Estos huevos son cosas que un día significaron algo para mí. Basura a los ojos de la gente, huevos de dragón a los míos.
Bien, hace poco estaba melancólica: Sonreía a las paredes un rato, lloraba en un cojín otro rato, cantaba y bailaba delante del espejo, me tumbaba en la cama a mirar el techo... La inestabilidad es algo cotidiano para mí.
Se me ocurrió poner música triste para ponerme más triste y abrir mis baúles. Ni sabía lo que había dentro. Voy poniendo mis huevos de dragón ahí y después los olvido.
¿Qué pasó? Lo que tenía que pasar.
Al abrir el primer baúl, los huevos se habían roto y en su lugar había veinticuatro dragones pequeñitos durmiendo.
Sonreí. Eran adorables, pacíficos. Los vi tan indefensos, tan adorables... Que acaricié a uno de ellos.
Se desató el horror. No se le puede hacer cosquillas a un dragón dormido.
Mi dragón despertó, gruñó y escupió fuego, pero no consiguió quemarme. Supuse que un dragón pequeño no podría hacerme daño, podía dominarlo. Pero los demás se despertaron también.
Era como si... Hubieran estado esperándome para matarme.
Cuando quise cerrar el baúl ya era tarde. Se habían escapado. Me mordían, me quemaban, me arañaban las entrañas y el aire de mis pulmones avivó su fuego... Lenguas de fuego que me recorrían desde el pelo a los pies.
Me abandoné. Me senté en el suelo a dejar que me devoraran, miraba cómo mi cuerpo se deshacía bajo sus efectos, pero eran tan hermosos que... No tenía valor de abrir la ventana y dejar que se marcharan. Eran mis dragones.
Cuando acabaron conmigo, regresaron al baúl. A la oscuridad, al olvido que late.
Pasaron los días. Todavía me quedaban marcas y heridas.
Hoy las he mirado y he pensado... "Si todavía duelen, es que fue real".

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