Nevaba pero no tenía frío.
Era la primera vez que experimentaba la sensación de mojarme las manos con la nieve. Me quité los guantes, que tampoco abrigaban mucho y me quedé en medio del Paseo de los Tristes mirándome las manos, palmas arriba, enrojecidas. Sonreí por ese pequeño placer que me otorgaba la vida.
Era mi último día en la ciudad eterna, que para mí no es Roma, sino Granada.
Me quedé sola admirando aquel fenómeno de la Naturaleza deshacerse en mis dedos y cuando quise levantar la vista, vi que mis amigos se habían alejado bastante.
Apreté el paso para reunirme con ellos. La prisa y el tiempo no es algo de lo que haga mucho caso así que caminé tan rápido como me permitieron las bolsas y mis bolsillos cargados de cámaras.
Nos sentamos en la terraza de un bar y guardé algunas cosas en la maldita mochila con la que llevaba cargando tres días. Los músculos entre los omóplatos me comunicaban con punzadas que debía descansar. Con las manos heladas me masajeé el cuello y empecé a mirar la carta. La tapa del día era sopa de ajo. "Qué manjar", pensé arrugando la nariz. No recuerdo por qué tapa me decidí pero sí recuerdo que estaba hambrienta.
Mis amigos charlaban tranquilamente mientras yo miraba el móvil.
De repente unos acordes me rescataron de mi exilio y levanté la mirada. Entre los vasos de tubo espumosos de mis amigos pude ver a un extraño tipo pelirrojo justo enfrente de mí. Y empezó a cantar "The boxer", de Simon & Garfunkel. Era el último ingrediente que necesitaba para colocarles la guinda a aquellas mini vacaciones post-exámenes.
"No me lo puedo creer", pensé en voz alta. Aunque nadie me hizo mucho caso... Reconozco que tengo un gusto especial por la música antigua y lamentablemente pocos conocen las canciones con las que pierdo el conocimiento cuando necesito evadirme de la realidad.
En aquel momento solo podía ver y escuchar a aquel tipo con acento alemán que cantaba para ganarse unas monedas: Chaqueta ajada marrón, pantalón pirata y botas de montaña completaban al hippie que me secuestró sin que nadie se percatara. La guitarra tendría más viajes que sus botas.
Seguí la letra de memoria y canté en silencio. El niño que se sentaba a mi lado me dijo "¿Por qué no cantas con él?" en el momento de la canción en que el boxeador se rinde... "I am leaving, I am leaving...", le canté a él. Y no iba muy alejada del sentido que el autor le había dado.
De nuevo el estribillo, pegadizo aunque repetitivo, amenizó la mañana de los que, como yo, se habían callado para escucharlo.
Era difícil que el muchacho hiciera la batería teniendo la guitarra en las manos pero ya lo hacía yo en mi cabeza y cada golpe era un puñetazo de realidad. Volvíamos a Sevilla y dejaría de ser independiente de nuevo.
Me hubiera quedado a vivir allí, en el Paseo de los Tristes. En aquel momento había encontrado mi lugar en el mundo y comprendí que solo había que apretarme el corazón un poco para sacar el jugo de la niña que rara vez dejo salir a jugar en mi interior.
Al terminar la canción aplaudí sonriendo y ese hombre me miró un segundo. Y yo me sentí feliz porque había reparado en mí. Aunque el auditorio no era muy extenso.
Mis amigos decidieron seguir el camino y, con pesar, me despedí del chico que había boxeado mi mente sin saberlo.
Parecerá ridículo rellenar páginas describiendo cómo un hippie cantó una canción de los 70 en una plaza de Granada. Pero son esos momentos que parecen insignificantes los que llenan mi vida ya que la suerte no me mira mucho y tengo que llenar mi frasco de felicidad con las poquitas cosas que me ofrece la vida: Unos copos de nieve, una canción y una mirada verde. Por ejemplo.
Me ha encantado!! y me fascina como escribes :)
ResponderEliminarTú sí que escribes bien :)
Eliminarversión novela de este extracto no tendrás no? Me he puesto leer alguna de tus cosas y la verdad es que de muchas podrías hacer una novela, me dejas con las ganas de seguir leyendo ...no me puedo creer que acabe de descubrir tu blog hoy!
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