domingo, 12 de abril de 2015

El mosquito de la felicidad.

La chica del caos nació en una familia acomodada.
La chica del caos  no sabía a quién querer, pero siempre quería a uno y quizás por eso a empezó a fumar y a morderse las uñas.
Impulsiva. Impaciente. Inestable. Pero increíble.
A día de hoy creo que la chica del caos sigue sin entender mucho sobre líneas rectas, nunca le preocupó mucho no saber por dónde iba la carretera. Ella es la que conduce. Y lo mejor de todo es que siempre acaba llegando a algún sitio. Aunque sea sin saber a cuál.
A sensu contrario, de lo que entiende la chica del caos es de curvas. Ella toma las curvas como le da la gana, izquierda, derecha y luego izquierda otra vez. Lee, se aburre, se levanta para cenar y sin querer se prepara el desayuno, se pone a ver un drama con el que acaba riendo a carcajadas y llama a su padre porque quiere olvida a los chicos para al día siguiente poder echarlos mucho de menos.
Así es la chica del caos. Haciendo honor a su nombre. En cuanto te escribe, sabes que le tienes que dar un consejo más bien raro. Porque, por lógica, hay que darle un consejo ilógico.
Ella necesita que le pique el mosquito de la felicidad. Necesita una felicidad sin causa, sin deudas, que no se la deba a nadie, solo a ese humilde mosquito. Y una vez que le pique, podrá reír sin motivo y de repente unas personas le parecerán muy serias y otras más graciosas de lo que había pensado.

El mosquito hará que ni se aburra ni se canse. 

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