Entreabrí la puerta y vi su silueta. Era un hombre grande. Parecía extranjero...
- Llevo algún tiempo caminando solo. Me aparté del mundo para encontrar nuevas ideas, historias, tal vez. No hay gente en estos parajes y he visto luz desde lejos. He seguido su rastro y he llegado hasta aquí.
- Pero si en mi cueva no hay luz...
- Tú brillas. Y yo te he visto desde muy lejos.
Ese hombre al que no le veía el rostro decía que había luz en mí. Evidentemente pensé que era un aventurero loco y mantuve mi postura de persona normal. No confiaba en nadie. Y mucho menos en alguien a quien no podía ver.
Cerré la puerta y volví a mi oscuridad.
Al día siguiente, volvieron a llamar.
A veces abría la puerta. Otras, no.
Siempre era el mismo aventurero sin rostro... Animándome a salir y ver el maravilloso paisaje. Pero yo estaba muy cansada... No quería salir.
No entendía muy bien cómo me encontraba. Ni cómo me había descubierto. "Tú brillas", era su respuesta. Siempre la misma.
Muchas noches le abría la puerta de par en par y cuando casi me tenía convencida para salir de la cueva, volvía atrás muy rápido y me encerraba. Pero al día siguiente, él seguía en la puerta con su frase... "Tú brillas".
Un día decidí atreverme... Hablar con un ser invisible es para místicos y ascetas. Yo quería ver quién era ese amante del peligro que husmeaba en lugares apartados de la sociedad y veía luz en mí.
Salí de la cueva.
Y cuando el sol le dio en la cara, su luz se reflejó en mis ojos y ese día... Entendí que la luz que irradiaba mi mirada era el reflejo de la suya. Y que por eso me encontró.
Realmente necesitábamos la oscuridad para brillar.
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