Es cierto.
El problema reside en cuando le cogemos cariño a la piedra, la recogemos del suelo y nos empezamos a golpear la frente con ella. La autolesión nos lleva quizás a dejar escapar ese dolor que nos oprime el alma y que nos impide gritar porque pensamos que no merecemos ser escuchados. Es un término psiquiátrico.
Supongo que llegará un momento en que de tanto golpear la piedra, se deshará. Malheridos e intentando en vano sacudirnos todo el polvo y la grava que ensucia nuestro cuerpo, definitivamente miraremos al frente y nos cegará el sol. Hemos permanecido demasiado tiempo estáticos ante la adversidad.
Sucios y a trompicones intentaremos divisar algún punto de apoyo en la lejanía sin mirar atrás, Probablemente habremos olvidado cómo se camina, habrán aparecido fobias infundadas y nos encontraremos desorientados, dando la espalda al maltrecho camino que nos ha hecho caer y sin volver la vista atrás ni siquiera para aprender.
Y yo me pregunto, ¿habrá merecido la pena o la alegría haber sacrificado un camino a cambio de los golpes de esta piedra? Es más, ¿realmente era necesario sufrir tanto por nada?
"Dando la espalda al maltrecho camino"

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