jueves, 22 de septiembre de 2016

Las hormigas y los hombres.

Estaba exhausta y pensativa.
Bebía.
Bebía mucho últimamente.
¿Por qué? No lo sé. Quizás porque buscaba ese mareo que me provoca el vino. Ese ligero zozobrar que me hace levantar los pies de la tierra sin llegar a ninguna parte. La evasión por un ratito del infinito dudar que me atormenta.
Estaba absorta en mi ensoñación cuando bajé la mirada al suelo. Me froté los ojos con ensañamiento, ensuciando de máscara de pestañas toda la parte de las ojeras. Al abrirlos, vi una hormiga arrastrando un grano de maíz. Era rápida y lo arrastraba con destreza y, al parecer, sin apenas esfuerzo.
Cogí una semilla que Mateo no había querido comerse y la tiré al suelo para que sirviera de alimento a otros animales.
No sé cuánto tiempo pasó. A veces la eternidad es el canto de un pájaro y en algún momento de mi vida volveré sobre este punto.
Una hormiga se acercó. Guardaba la distancia con la semilla. Se acercaba y se alejaba, daba vueltas alrededor. Tenía miedo.
De repente me vi animando a esa hormiga a que se hiciera cargo de ese grano, las hormigas son capaces de levantar siete veces su peso, son extraordinariamente fuertes.
Y lo cogió.
Iba muy despacio, lo soltó alguna vez, se caía, volteaba... Pero no cejaba en su empeño.
Otras hormigas a su alrededor buscaban comida también. Ninguna la ayudó.
Ninguna excepto una.
Era solo un poco más grande que ella y después de estudiar al grano, lo cogió. Como la primera, lo soltó un par de veces, pero no dejó de ayudarla.
¿Por qué no dejó de ayudarla? Porque iban al mismo sitio.
Me pareció una alegoría del amor, no solo por el acto generoso de prestar ayudar, sino porque amar significa mirar en la misma dirección.
Las seguí con la mirada hasta que se perdieron en la lejanía con otras hormigas. Bebí de nuevo de mi copa y pensé.
Pensé que un equipo, una amistad, una pareja no puede funcionar sin un objetivo común.
Me imaginé un ideal de la metrópolis, me imaginé un gran hormiguero donde todos nos ayudábamos de manera altruista...
Me sentí aquella hormiga. Solitaria, con un gran peso que arrastrar por mi propio bien. La diferencia entre aquella hormiga y yo es que yo aún no había encontrado a otra hormiga sin miedo a luchar junto a mí.

Nos enseñan a no depender. Pero, ¿es que necesitar la ayuda de otro es sinónimo de depender? ¿Por qué no de "enriquecer"?
Se asocia la necesidad a la debilidad y yo me pregunto... ¿Se puede crecer sin ayuda? ¿Es realmente más feliz quien menos ayuda necesita? ¿Por qué ese temor a pedir ayuda? ¿Es más vulnerable quien muestra sus necesidades?
Me dan miedo las personas. Realmente, "Homo homini lupus".
Es la paradoja del ser humano:
No queremos confiar en nadie y sin embargo es la única manera de ser felices.
Somos hormigas llenas de decepciones arrastrando grandes semillas que comer durante el invierno.

Así me siento. Con miedo y necesidad de confiar al mismo tiempo. Con miedo a solicitar ayuda y sin dejar de pedirla en ningún momento.

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