La nube se hace niebla y desciende al hogar. Se me asemeja a la última
escena de Lo que el viento se llevó, cuando Escarlata quiere encontrar a Rhett
entre la niebla y se pierde ella misma.
El cáncer no solo destruye las células de ese cuerpo, sino todos los
proyectos y el aliento de los que viven en esa casa... Devoró nuestra vida...
Destrozó a mi familia.
Cuando le diagnosticaron la enfermedad a mi madre, todos pensamos que iba a
morir.
Cuando un médico te encierra en una habitación y te dice lo que pasa... Es
como una sentencia de muerte.
Recuerdo que cuando me sentaba junto a mi madre, ella irradiaba más calor
de lo normal y yo sentía mucho frío... Era como si mi madre absorbiera el calor
de cualquier ser viviente de la casa. Ella misma sentía miedo, porque los
animales de mi casa empezaron a morir. Siempre que moría algún animal, nos
daban una mala noticia con respecto a le enfermedad. Ella empezó a relacionarlo
y nos ordenó que no trajéramos ni un animal más a la casa. Sintió verdadero
pánico cuando aquella coneja murió en sus manos.Y los pájaros. Y cuando se
perdió el gato. Y cuando atropellaron al perro un día después de ponerse la
quimioterapia. Aquella enfermedad no solo se alimentaba de su cuerpo, sino de
la vida que crecía en torno a ella.
Mi hogar está justo en el centro de una urbanización de casas adosadas que
son todas iguales y está pintada de gris. Me parecía un color muy bonito donde
vivir y me gustaba responder "Vivo en la casa gris" cuando me
preguntaban que dónde vivía.
Empecé a sentir miedo y rechazo por aquella casa. Se convirtió en una tumba
de mármol para mí... Fría, oscura... Vacía de alegría, de buenos sentimientos.
Las interrelaciones familiares eran tensas y las discusiones, diarias. Me
pareció que gris era la sombra que proyectaba aquella casa que a principios de
siglo fue luz y color.
Cuando llegaba de la calle, me pensaba dos veces si entrar o no. Aquella
vacuidad me llevó por completo a la renuncia y al enclaustramiento. A veces
solo salía de mi habitación para comer. Iba a todas las clases y dormía. Dormía
muchísimo. Dormía para no vivir. Para alejarme de allí porque físicamente no
podía abandonar... Pero esta es otra historia.
Cuando entraba en la casa, aquel frío que calaba hasta los huesos, me hacía
frágil y triste.
La neblina me congeló el corazón y ya no sabía apreciar las cosas buenas
que había en mi vida.
Me sentía culpable si era feliz... Porque mi madre no lo era.
La familia venía a verla algunas veces y todos decían lo mismo. Daban
consejos, decían que el ánimo era imprescindible para esta enfermedad, que mi
madre no debía perder la esperanza. Ella, que era muy educada, escuchaba con
atención cada consejo que le daban y sonreía y agradecía cada visita con mucha
pasión, porque la familia se siente con la necesidad de dar ánimos y lo hacen
con muy buena intención... Pero cuando se iban, nos miraba y nos decía la frase
que me acompañará para los restos de mis días:
¿Cómo se atreven a decir lo que tengo que
hacer
si no lo han hecho nunca?

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