martes, 28 de junio de 2016

La niña, la abuela y la luna.

Cuando era pequeña, tuve que vivir con mi abuela una temporada. Mi madre necesitaba a su madre para poder tener a mis hermanos, que eran tres. Mi madre sufría porque no podía moverse.
Mi abuela se sentía vacía y le pesaba el corazón. Y yo también le pesaba.
Yo era un animal nocturno y nunca quería dormir. Me sentaba en el balcón a escuchar las conversaciones de la gente. Mi abuela se abanicaba viendo la televisión y mi madre se quejaba de calor en la habitación.
Yo tenía que compartir la cama con mi abuela, que roncaba muchísimo. Yo imaginaba que la abuela por dentro era una gruta oscura donde vivían animales. Y que en esa gruta existía un manantial subterráneo que salía por los ojos de la abuela varias veces al día. Ella secaba sus ojos con pañuelos de tela floreados.
Había varias cosas que identificaban a la abuela: Agujas para coser, pañuelos de tela, abanicos y limas de uñas. La abuela tenía las uñas muy largas y limpias. Y como leía tantas historias, yo creía que mi abuela era un poco bruja por tener las uñas tan largas. Un día se lo pregunté y se enfadó muchísimo.
Pero yo no pensaba que las brujas eran malas. En mi cabeza no lo eran. Yo imaginaba que eran mujeres vestidas de negro y con las uñas largas que podían volar y hablar con los animales. Cuando veía a una señora vestida de luto, algo muy habitual, pensaba que era bruja. Entonces yo le decía a mi madre que quería tener las uñas largas y un vestido negro. Pero mi madre me decía "Los niños no visten de negro".
Mi madre nunca vestía de negro pero tenía más magia que la abuela. Mi madre sí que era bruja. Veía las cosas antes de que ocurrieran.
Mi madre discutía mucho con la abuela porque la alegría y la tristeza se necesitan mutuamente aunque no se pongan de acuerdo. No existe una emoción sin la otra. ¿Es que alguien muy alegre no se siente triste en su fuero interno? ¿Es que alguien muy triste no alberga en el fondo alguna esperanza?

Como decía, aquella noche de verano yo me encontraba en el balcón escuchando las vidas.
Mascaba chicles y los escupía a la calle solo por el placer de ver ese mazacote estrellándose contra el suelo. Eran chicles pequeñitos de colores metidos en un tubito que, de tanto chuparlo, se obstruía y había que cortarlo para seguir sacando chicles.
Mi abuela me llamaba y cuando yo le respondía, no me hablaba. Aquello me molestaba a sobremanera y que a últimas instancias, ya no le contestaba.
Esa fue una de aquellas ocasiones.
Vino a buscarme mientras yo estaba de espaldas y me asustó. Me enfadé, porque no tenía sueño y no quería dormir con ella.
Protestando, me fui a su cama. Y como no quería dormir, me movía. Y ella me daba en el muslo con su abanico. Odiaba aquel abanico.
- Abuela, no puedo dormir.
- Cuenta ovejitas.
Y yo contaba ovejitas. Pero me aburría de contar y me ponía a cantar. Y la abuela volvía a darme con el abanico.
- Abuela, es que no puedo dormir.
- Claro, no puedes dormir porque has mirado a la luna.
No entendí bien aquello. Y la curiosidad me despertó aún más.
- ¿Qué pasa si miras a la luna?
Mi abuela no sabía contar historias, pero era muy supersticiosa. Y aquellas historias también eran de mi interés.
- Pues que cuando los niños se quedan mirando a la luna, la luna se los lleva. ¿No ves que se siente sola en la oscuridad de la noche?
Me quedé pensando en aquello. Mi análisis de entonces fue el siguiente:
- Abuela, entonces... ¿por eso se dice que cuando un niño no habla es porque está en la luna?
- Sí.
Fue lo último que dijo y empezó a roncar.
Yo me quedé un rato pensando... "¿Y si la luna se ha llevado un poquito de mi alma?", pensé. Mi abuela, que era muy creyente, ya me había hablado alguna vez del alma de los niños y contaba historias terribles.
Y a mí me daba mucho miedo perder mi alma.
Desde entonces empecé a mirar a la luna con mucho respeto por miedo a que me atrapara y me llevara con ella a su palacio de queso con aquellos niños que dejaron de hablar porque se la quedaron mirando con tanto ensimismamiento.

Aún hoy, la esquivo cuando me percato de que llevo mucho tiempo mirándola.

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