La Universidad olía a tabaco y papel. Los estudiantes hablaban en el patio.
Se dirigió a su aula, pensando en el dinero que el editor iba a darle por el cuento que le había publicado ese mismo día en el periódico.
Se sentó, buscando con la mirada a su compañero más íntimo, quien no tardó en aparecer por la puerta trasera. Llevaba un sombrero nuevo. Se sentó junto a ella.
- Acabo de leer tu cuento.
- Espero que te haya gustado. - Le dijo, encendiendo un cigarrillo.
- Sí, es bueno... Aunque no es para niños, ¿no crees?
- Escribo para los niños que crecen en el interior de las personas.
- Quizás deberías centrarte más en las edades. Ningún niño va a leerlo y los adultos nos preocupamos por otro tipo de cosas.
- Demasiada intolerancia hay ya en el mundo como para que además tenga que preocuparme por la edad de los lectores. Yo escribo para quien quiera leerme...
En ese momento, el profesor entró acompañado de un señor de unos cincuenta y tantos, vestido con un traje de tweed y un bigote bien recortado. Su perfume invadió el aula y, sin presentarse, se sentó en la mesa del catedrático.
- Señores, les presento al señor Carvajal, licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Les va a hablar sobre el levantamiento que se ha producido no hace mucho y con el cual todos estamos familiarizados. Les dejaré con él mientras yo hago una serie de gestiones que tengo pendientes.
Le estrechó la mano y salió por la puerta principal.
- Señores, vengo a informarles como bien ha dicho el señor Luque sobre los distintos tipos de movimientos que se están creando dentro de nuestro país. Como ya saben, el tiempo republicano ha pasado a la Historia y todo aquél que trabajaba para el Estado ha sido despedido para dejar sitio a los que de verdad deben mandar. Sus cargos ya no sirven, y muchos se han unido al movimiento posicionándose al lado del futuro gobernador de España.
Siguió dando una charla sobre por qué la derecha se había unido para destituir aquella forma de Gobierno y cuál sería el resultado.
Ya era el tercer cigarrillo que Fidelia se fumaba, y Luis la miraba preocupado. Últimamente fumaba mucho. Él sabía que las cosas no iban bien en su casa y procuraba no corregirla mucho.
- No tenemos por qué escucharlo. - Le dijo la chica pisando la colilla. - No tenemos por qué estar aquí. Nuestra asignatura es El Siglo de Oro, no el "Oro del Siglo", como nos hace creer este señor.
- Tranquila, Fidelia, pronto acabará y podremos irnos.
- No quiero seguir aquí. Yo me voy.
Guardó sus plumas en el plumière y éste en su bolso de piel. Se colocó bien las medias y se levantó, pidiendo paso a Luis.
- Señorita, ¿a dónde cree que va?
- Allá... Allá lejos. Donde habite el olvido.
Sus compañeros se giraron para mirarla y ella se mantuvo firme, mirando al señor Carvajal a los ojos.
- ¿Y dónde queda eso?- Soltó aquel hombre entre carcajadas.
- En esa gran región donde el amor, ángel terrible, no esconda como acero en mi pecho su ala, sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
El señor Carvajal dio un golpe en la mesa y se levantó también.
- ¿No le está gustando esta charla, señorita... ?
- Rodríguez, Fidelia Rodríguez.
- He oído su nombre en alguna parte.
- Hace varias semanas que me publican unos cuentos en el diario La Libertad.
Luis le dio un codazo en la rodilla derecha. No debería haber dado esa información.
- La... Libertad... Vaya, ¿no es ese un periódico para rojos?
- En efecto, señor.
La clase murmuraba y ya nadie la miraba directamente. Luis se estrujó la cara con las manos.
El señor Carvajal estaba anonadado. La joven era consciente de que había afirmado su ideología y se enorgullecía de aquello. La repulsión se iba apoderando cada vez más de su rostro mientras aquella joven, impasible, se repasaba las uñas. Seguía en pie.
- Siéntese ahora mismo, señorita.
- No, he decidido que voy a marcharme. No quiero seguir escuchándole. Que tenga un buen día, señor.
Se giró y salió por la puerta de atrás. A los pocos minutos, vio que Luis salía también.
- No te queda nada de vergüenza desde que sales con ese idealista republicano.
- Pues el poema era tuyo, Luis.
- Por eso no tienes vergüenza, acabas de plagiarme.
- Vamos, vamos, no exageres. Seguro que ahora te salen muchas admiradoras...
- Fidelia... Me gustan los hombres.
- Pues muchos admiradores, mejor para ti. Serás famoso, ya te estoy viendo. Titulares: "Donde habitel el olvido" por Luis Cernuda.
- Estás loca. Vamos a por un café.
Pero Fidelia tenía que marcharse. Había prometido a su hermana acompañarla a enterrar todos sus dibujos al eucaliptal que había cerca de su casa. El tren estaba atestado de gente con maletas y sacos.
Al llegar a casa, encontró el cancel abierto... La puerta de la casa también estaba abierta y parecía haber sido forzada. Fidelia entró sofocada gritando el nombre de sus hermanas y llamando a su madre, la cual respondió que estaba en la azotea. Tenía la voz quebrada.
Subió corriendo las escaleras y conforme pasaba por las habitaciones descubría que los roperos y los cajones habían sido vaciados y que los colchones descansaban en el suelo. Las cortinas estaban descolgadas y las pinturas de las paredes, rasgadas.
Su madre estaba dentro de un ropero empotrado con las dos niñas, meciéndose adelante y hacia atrás, llorando como una plañidera que acaba de ser contratada.
- Madre...
- Se lo han llevado. Se lo han llevado.
- ¿Qué se han llevado? ¿Quiénes?
- Los soldados... Eran muchos. No hemos podido hacer nada.
- ¿Qué se han llevado, madre?
- La bandera... Los papeles... Las chapas...
Fidelia lo comprendió todo. Palideció junto a su madre y le prometió entrontrarlo.
Los civiles se habían llevado a su padre.
Alucinante. ¡Me encanta!
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