lunes, 6 de diciembre de 2010

Remontada.


La lluvia hace que el día y la noche se fundan en uno solo.
Ayer paseaba con el perro, mientras llovía. No tomé paraguas. Me sentía libre, y miraba a la tormenta directamente a los ojos. De repente me sentí un personaje más de La Historia Interminable, puesto que a un lado el cielo era celeste y brillaba el sol, aunque escondido tras una nube. Por otra parte, la tormenta iba consumiendo todo rastro de felicidad con su oscuridad  imperturbable.
Mientras llovía a cántaros, permanecí con mi perro bajo las lágrimas de las nubes y le susurré al viento que yo también me encontraba triste. Y el viento se llevó mis palabras a quién sabe dónde… “Mejor así”, dije para mí, y mi perro estornudó.
Me gusta inspirar el aire del campo y sentirme pura y simple ante tanta magnificencia… No sé qué será de mí cuando tenga que irme de casa. No podría vivir en 80 metros cuadrados, me ahogaría. Aquí tengo toda la libertad que deseo, y que pretendo conservar.
No me importaba tener los pies encharcados de agua, y tampoco que mi máscara de pestañas me hubiera traicionado. Allí, debajo del cielo, mis lágrimas se podían confundir con el agua que bañaba mi cuerpo y esclarecía mi espíritu. “Ojalá también pudiera limpiar mi alma…”, pensé.
Pero, ¿para qué llorar? Ya he comprendido que mis lágrimas no sirven. ¿Por qué malgastarlas? Nadie vendrá a arroparme, y me espera un camino empedrado con algún que otro socavón. Reservaré mis lágrimas para cuando no pueda salir de uno de ellos. Si creo que estoy metida en un pozo y que nadie puede oírme, estoy completamente equivocada. A veces la persona que siempre estuvo ahí , es la indicada para ti.
Todavía no estoy muerta. Y me quedan muchos corazones en los que aplicar la teoría de la huella. Sé que todo va a cambiar, irá mejor y seré feliz. Todo el mundo merece serlo.

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